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Las Patologías

25 Agosto 2000      

Segundo caso: El Tiburón
Cortesía de
NecroMagic

    Hoy analizaremos otra patología que resulta extremadamente común: el tiburón. Todos alguna vez hemos sido víctimas de las voraces mandíbulas de los tiburones. Me atrevería a afirmar, sin temor a equivocarme, que casi ninguno de los que lean esta nota y jueguen a MtG en forma mas o menos regular habrá escapado a los ataques de estos feroces escuálidos.

    Aún recuerdo mi primera llegada a un Club de Juego con la inocencia en el rostro, las cartas en una bolsita y la ilusión de conocer gente amistosa. No acababa de traspasar el umbral de la puerta, cuando un pebete de unos veintipico de años, con una sonrisa de oreja a oreja y con cara de ser mas bueno que Heidi después de fumar se me acercó rápidamente. "Hola, recién empezás a jugar, no?" me preguntó. "Si" contesté con cierta timidez. "No me mostrás tus cartas, así te enseño cuales son las buenas" replicó. "Bueno" dije yo, pensando que al fin había encontrado a una persona de buena voluntad dispuesta a enseñarme las bondades del cambio. Una media hora después, le había entregado un Serendibb, un Nevinyrral, un Geddon, una Ira de Dios y dos duals por una Nightmare, un Tío Istvan y una Personal Incarnation. "Bienvenido al mundo real", parecía decirme entre risotadas aquel gran hijo de puta, mientras me iba con la extraña sensación (que luego confirmaría) de que me habían violado en aquel cambio. Había sin embargo aprendido una lección muy importante: no confíes en extraños al momento de cambiar tus cartas.

    Los tiburones son otro estereotipo muy común en el mundillo de Magic. A diferencia de otros especimenes, éstos se caracterizan porque su adicción no se canaliza en una compulsión hacia el juego, sino hacia las cartas, toda vez que parecen obtener sensaciones casi orgásmicas a través de los cambios. Generalmente son pésimos jugadores, de manera que no se los ve participar de torneos en forma habitual, sus intereses pasan por otro lado. Aman amarrocar cartas de todo tipo y valor, y muestran orgullosos sus trofeos a todo aquel que tenga algún minuto para perder. Los tiburones poseen fabulosas colecciones a las que una persona honesta o de clase media no podría aspirar nunca.

    Nada le causa mas placer a un tiburón que estafar de manera aberrante a pobres e indefensos principiantes en viciosos cambios. Tal es su avaricia que si se realizase una estadística sobre las causas que mueven a los jugadores a dejar de jugar en los primeros meses, un porcentaje muy importante respondería que la causa del abandono es que han sido timados por algún tiburón que los peló de todas sus raras cambiables.

    Los tiburones han descubierto en muchos casos que pueden transformar en un medio de vida su inescrupulosa conducta, ya que las cartas robadas a niñitos indefensos pueden luego ser vendidas a buen precio en el mercado. Es por ello que perfeccionan constantemente sus tácticas de ataque. Generalmente se colocan a la entrada de los lugares de juego, con enormes bolsos o carpetas repletas de cartas que sirven como señuelo, y desde allí acechan a potenciales víctimas. Tienen un ojo clínico especial para detectar a los principiantes o a los jugadores poco lúcidos, y una vez elegida la presa, se lanzan con ferocidad sobre ella. Se presentan como amables jugadores experimentados dispuestos a ayudar a los que recién empiezan, hasta que logran su confianza. Son expertos en el arte del convencimiento, utilizan un tono de voz benevolente para rendir a sus pies a sus víctimas. Una vez que el pobre recién iniciado se encuentra totalmente hinoptizado e indefenso, atacan sin piedad y a feroces dentelladas le arrancan todas sus cartas caras en unos instantes. En algunas ocasiones sus técnicas de caza son tan refinadas que incluso llegan a convencer a los padres de las presas de la "suerte" que han tenido sus hijos al caer en los brazos de una persona tan generosa y desinteresada.

    Los tiburones profesionalizados no permanecen demasiado tiempo en ningún lugar. Una vez que han saqueado a la mayoría de los jugadores, o que han sido descubiertos y se ha corrido la voz de alerta sobre su presencia, parten hacia otros rumbos en busca de nuevos cotos de caza. Luego de un tiempo y cuando ya casi nadie recuerda de sus andanzas, regresan en silencio y con sigilo, ansiosos por desangrar a nuevos rookies.

    Si nunca han intentado cerrar un cambio con un tiburón, inténtenlo, es una experiencia aleccionadora. Conocen de memoria todos los precios de la Inquest. Siempre cotizan sus cartas un poco mas arriba y las del otro un poco mas abajo. Tratan de convencer al otro de la increíble demanda que hay en el mercado por los Círculos de Protección contra Tierras (casi siempre por la existencia de un mazo secreto que los usa) y de lo inútiles que son ahora los Morphlings. Realmente es muy difícil llegar a un acuerdo en esas condiciones. Comprar es un poco mas fácil, puesto que se desesperan al ver el dinero y si se negocia bien suelen vender a precios accesibles.

    Sin embargo, como aspecto positivo podemos destacar lo siguiente: los tiburones nos permiten en gran medida conseguir con una relativa facilidad las cartas que necesitamos para armar un determinado mazo. Para quienes no pueden dedicar una hora de su tiempo a cambiar un Martillo de Bogardan con un nenito caprichoso, recurrir a un tiburón y comprarlo a un precio razonable es realmente un alivio. A modo de conclusión entonces, hago una advertencia para los principiantes: si van a salir a cambiar cartas por primera vez, no olviden en casa el harpón o la jaula de metal, porque los tiburones andan sueltos!!!


Dr. Mundungu
Próximo caso: el Loser